viernes, 4 de febrero de 2011

Capítulo 1

Mi primer día en el pueblo pasó con la tranquilidad propia del lugar. En aquellos momentos, yo era la comidilla del pueblo, todos los temas de conversación giraban sobre la  fortuita llegada de una joven extranjera al pueblo. Sus miradas acosadoras eran incesantes y no parecían mostrar recelo alguno a que me percatase. Solo Dios sabe cuantos cientos de  historias se habrían formado en sus mentes. Practica mente ya estaba instalada, tan solo un poco mas de orden y ya estaría como en casa.  Pasarían tan solo un par de horas desde mi llegada al lugar, pero tenía un hambre voraz, no había comido nada desde hacía horas. Decidí buscar un lugar donde almorzar, y recordé instantáneamente la taberna contigua al hostal. Una vez allí ocupé una mesa junto a la ventana y.. distraida esperé a que viniesen a preguntarme que quería. Poco tiempo hizo falta ya que apenas había gente en la taberna,  y un hombre se acercó a mi.

-¿Tu eres la extranjera verdad?- Asentí con una sonrisa.- Encantado mi nombre es Andrés, María es mi esposa, ya me avisó de tu llegada, precisamente te he preparado un plato típico de la zona, especialidad de la casa.

El hombre muy servicial y amable no tardó nada en traerme el exquisito manjar, que me devolvió la vida. Era un hombre amable, y muy charlatán, no hizo falta mas de diez minutos para que cogiese confianza, y en ese tiempo me relató historias del lugar, leyendas conocidas y unas cuantas anécdotas sucedidas en la propia taberna. Pasando los minutos comenzó a llegar gente, y el hombre tuvo que volver a su puesto de trabajo, prometiendo mas historias para la próxima vez.
La vida propia del lugar comenzó a surgir, un grupo de hombres que se juntaban todas las tardes, siempre en su mesa de toda la vida, jugaban sus cartas y charlaban y reían con voz en cuello, disfrutando y recordando los momentos vividos y por vivir. Poca mas gente había, pero era normal en un pueblo tan pequeño. Una tropel de mujeres mayores entró por la puerta y se sentó en una de las mesas que había a mi lado, junto a la ventana, pidieron un café para cada una y se pusieron a charlar animad amente. Sin duda hoy tendrían tema de sobra sobre el cual cotillear. Como bien sabe uno en todo pueblo siempre hay el típico grupo de abuelitas cotillas, que no pueden evitar interesarse mas por los males y bienes ajenos que los propios, poniendo siempre bien atento el oído por si acaso a alguien cuenta algo, discusiones dentro de la familia, amoríos de jóvenes y no tan jóvenes... cualquier cosa valdría. Pero no hacía falta ser una de estas mujeres para querer conocer información, ya que en cada uno d nosotros siempre hay esa pequeña vena curiosa que salta cuando menos nos hace falta. Allí me mantuve en mis ensoñaciones, prestando toda la atención posible para poder distinguir algún resto de su conversión, pero era inútil, esas mujeres ya estaban entrenadas para ello.



Recogí mis cosas y entretenida mirando por el amplio ventanal y ensimismada con las preciosas vistas, me dirigí a la puerta anexa al hostal, sin poner apenas la vista en lo que hacía, tal fue mi suerte que choqué de bruces con una persona que entraba en la taberna, me disponía a disculparme cuando levanté la vista y vi junto a mi a un joven no mucho mayor que yo, de piel morena, pelo castaño oscuro y los ojos marrones. Iba cargado con un par de cajas de latas de conservas y un par de estas terminaron por los suelos, montando un gran alboroto y causando la llamada de atención de los allí presentes, poniendo sus vistas fijas en nosotros, no tuve tiempo a reaccionar, sino que directa mente me agache a recoger lo que había tirado. Prepare rápidamente un discurso de disculpa en mi mente, pero no tuve tiempo a mencionar palabra ya que el joven se me adelantó:

-Hay que tener mas cuidado y mirar por donde se va.
-Bueno... perdón, no me fijé por donde iba...
-Ya me di cuenta, hay que poner de vez en cuando los pies en la tierra - Dijo únicamente y siguió su camino adentrándose en la taberna y pasando a la parte trasera de la barra... dejando las cajas en el suelo.

Nunca entenderé porque la gente se ponía así por simples accidentes, tal vez se despertaban a diario con el pié equivocado, pero yo no tenía la culpa, eso lo tenía muy claro, desde ese mismo momento me propuse devolverle ese ataque al joven.

-Espero que lo perdones, no lo hace con mala intención, Miguel  tiene un carácter... complicado... siempre ha sido un niño muy complicado.
-Pues tendrían que haberle enseñado que la gente no tiene la culpa de sus problemas.
-Bueno... en realidad tienes razón...pero..... hacemos lo que podemos.- dijo la mujer con una sonrisa perdonadora. Avergonzada me di cuenta de mi metedura de pata... su hijo... quien lo diría... no parecía para nada su hijo... ­-Tranquila, no pasa nada, entiendo que estés molesta. Bueno tengo muchas cosas que hacer.

La mujer se adentró en la taberna y yo me quedé allí, sola analizando lo pasado... "esto no va a quedar así"

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